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martes, 15 de enero de 2019

Cronopios

«Cronopios de todos los países, uníos! Contra los tontos, los dogmáticos, los siniestros, los amarillos, los acurrucados, los implacables, los microbios. ¡Cronopios! ¡De frente, marchen!»

Julio Cortázar. Papeles inesperados. Punto de lectura. 2010.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Los esproemios del merpasmo

«Apenas el le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo como poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfenulios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volpasados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el limite de las gunfias».

Julio Cortázar. Rayuela. Capítulo prescindible 68, 1963.

miércoles, 14 de octubre de 2009

El miedo

«En Amalfi, al terminar la zona costanera, hay un malecón que entra en el mar y la noche. Se oye ladrar a un perro más allá de la última farola».

Julio Cortázar. Historias de Cronopios y de famas. Manual de Instrucciones. Instrucciones-ejemplos sobre la forma de tener miedo. Punto de Lectura, S.L. Madrid, 2007.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Intolerancia

«A los diez años, una tarde de tíos y pontificantes homilías histórico-políticas a la sombra de unos paraísos, había manifestado tímidamente su primera reacción contra el tan hispanoítalo-argentino "¡Se lo digo yo!", acompañada de un puñetazo rotundo que debía servir de ratificación iracunda. Glielo dico io! ¡Se lo digo yo, carajo! Ese yo, había alcanzado a pensar Oliveira, ¿qué valor probatorio tenía? El yo de los grandes, ¿qué omnisciencia conjugaba? A los quince años se había enterado del "sólo sé que no sé nada"; la cicuta concomitante le había parecido inevitable, no se desafía a la gente de esa manera, se lo digo yo. Más tarde le hizo gracia conprobar cómo en las formas superiores de cultura el peso de las autoridades y las influencias, la confianza que dan las buenas lecturas y la inteligencia, producían también ese "se lo digo yo" finamente disimulado, incluso para el que lo profería: ahora se sucedían los "siempre he creído", "si de algo estoy seguro", "es evidente que", casi nunca compensado por una apreciación desapasionada del punto de vista opuesto».

Julio Cortázar. Rayuela. Seix Barral. Barcelona, 1984.