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miércoles, 16 de mayo de 2012

Enfermar

«Cada cultura propicia un modo de sufrir, como también, sin duda, un modo de gozar. El inglés distingue entre illness, "la experiencia de una enfermedad", y disease, "la enfermedad misma". Aguda observación que permite decir que una misma disease puede vivirse como distintas illness. Los sistemas de creencias, los modelos generales en que se incluyen, favorecen interpretaciones distintas del malestar. He hecho un resumen breve de las explicaciones que los terráqueos dan de una enfemedad: explicación biológica (trastorno fisiológico), moral (pecado, castigo), sociológica (sociedades o familias patogénicas), interpersonal (envidia, odio, brujería, vudú), psicológica (somatización). Según me dicen, cada una de estas explicaciones puede producir diferentes illness a partir de la misma disease. Los humanos son peculiares hasta en el enfermar».

José Antonio Marina y Marisa López Penas. Diccionario de los sentimientos. Anagrama. Barcelona, 1999.

jueves, 15 de marzo de 2012

La catástrofe del nacimiento

«No corremos hacia la muerte; huimos de la catástrofe del nacimiento. Nos debatimos como sobrevivientes que tratan de olvidarla. El miedo a la muerte no es sino una proyección hacia el futuro de otro miedo que se remonta a nuestro primer momento.
Nos repugna, es verdad, considerar al nacimiento una calamidad: ¿acaso no nos han inculcado que se trata del supremo bien y que lo peor se sitúa al final, y no al principio, de nuestra carrera? Sin embargo, el mal, el verdadero mal, está detrás, y no delante de nosotros. Lo que a Cristo se le escapó, Buda lo ha comprendido: "Si tres cosas no existieran en el mundo, oh discípulos, lo Perfecto no aparecería en el mundo..." Y antes que la vejez y que la muerte, sitúa el nacimiento, fuente de todas las desgracias y de todos los desastres».

E M Cioran. Del inconveniente de haber nacido. Taurus Ediciones, S.A. Madrid, 1982.

jueves, 8 de marzo de 2012

Sentimentalidá celta

«l'axetivu celta remite con precisión a la borrina derroucándose de los montes escontra la mar; a cantiles nos que los refollones de la nortiada zurrian la herba, abangan los árboles; a viaxeros abriendo con vagar la puerta d'una casa mentanto sutripan la roupa pa quitar l'augua del postrer bastiazu ou los faloupos de la nevarada que vei caendo na braña, ya según s'asientan nel escañu, a la ver la llariega, sienten dar la bienllegada con agasayu carnal ya, al empar que-ys apurren una escudiellla con potaxe ou un cachu con el acedo vinu del país ou una zapica cola sidra fresca de la última llagarada, falan pacetiblemente de las miserias del mundu ya de la grandeza de l'amista».

Ignaciu Llope. La casa gris. Publicaciones Ámbitu, S.L. Uviéu, 2010.

viernes, 10 de febrero de 2012

Omnia

Hola, buen día desde Ommia. Ommia es la tierra de la escritura pausada, de la remisión a los sueños. Un espacio en blanco para escribir. Un espacio abierto a la imaginación. Por la tierra blanca de su papel, galopa la sombra de la melancolía. Esa tristeza sin causa, poetizada. La tristeza parida por la pérdida, el desamparo, el abandono, la desolación, el desconsuelo y la soledad.

Liberalia. Cuando llega la noche. Liberalia.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Los esproemios del merpasmo

«Apenas el le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo como poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfenulios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volpasados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el limite de las gunfias».

Julio Cortázar. Rayuela. Capítulo prescindible 68, 1963.

lunes, 31 de octubre de 2011

La lluvia

Hoy llueve después de mucho tiempo, aquí en nuestra tierra. Cuando ocurre, creo que es un don, que Dios aún no nos ha abandonado y que el agua continuará fertilizándonos.

Liberalia. Cuando llega la noche. Liberalia.

lunes, 10 de octubre de 2011

Cuando amanece

Amanece en mi ciudad cuando corro tras mi tristeza,
cuando amanezco sin dormir,
cuando amanece inesperadamente durante la noche,
cuando se oscurece la razón con la melancolía,
cuando las mujeres me seducen sin estar,
cuando el sueño somete mi voluntad y duermo solo.

Liberalia. Cuando llega la noche. Liberalia

lunes, 15 de agosto de 2011

Amok

«Es más que una embriaguez..., es una locura, una especie de rabia humana..., un ataque de monomanía homicida, insensata, que no se puede comparar con ninguna intoxicación alcohólica...Pues bien, el amok,..., sí, el amok es esto: un malayo, un hombre cualquiera, sencillo y de buena pasta, bebe ese brebaje..., está ahí sentado, abúlico, indiferente, abatido..., igual que yo estaba en mi habitación..., y de repente, se pone en pie de un salto, coge su puñal y sale corriendo a la calle..., corre en línea recta, siempre derecho..., sin saber adónde... Todo cuanto se interpone en su camino, hombre o animal, él lo abate con su kris y el delirio de la sangre lo vuelve aún más furioso... Mientras corre le sale espuma de la boca, aúlla como un loco..., pero sigue corriendo y corriendo, no mira a la derecha ni a la izquierda, corre lanzando gritos agudos, con su ensangrentado puñal, siguiendo siempre esa misma y espantosa línea recta... Las gentes de los poblados saben que ninguna fuerza puede detener al loco homicida..., de modo que, cuando lo ven previenen a los demás con gritos de «¡Amok, amok!», y todo el mundo huye..., pero él corre sin oír, corre sin ver, derriba todo lo que encuentra a su paso..., hasta que lo matan de un tiro como a un perro rabioso o cae él mismo, exhausto, echando espuma por la boca...»

Estefan Zweig. Amok. Acantilado. Barcelona, 2003.